miércoles, 22 de marzo de 2017

PINTURA BARROCA ITALIANA




La pintura italiana va a ser la primera en interesarse claramente por la luz como elemento pictórico y también va a ser difusora de las ideas católicas reforzadas por el Concilio de Trento dentro del programa de la Contrarreforma.
Aquí podemos encontrar dos corrientes principales: el realismo de Caravaggio y el eclecticismo clasicista de Annibale Carracci. A pesar de ser dos movimientos aparentemente opuestos tienen en común la búsqueda de los medios visuales y la naturaleza óptica de su pintura.
Michelangelo Merisi (1571-1610) llamado el Caravaggio, comienza en Roma su actividad artística en torno a 1592. Ésta presenta unas características tan opuestas a las de la pintura de su época que muy pronto va a ocasionar una gran polémica.

En sus primeras obras deja claro que lo primordial para él es la representación de la realidad, sin sistemas preconcebidos de representación. Caravaggio intenta así acercar al creyente al hecho religioso de forma natural. Los tipos humanos representados por él son hombres y mujeres corrientes encuadrados en escenas cotidianas. En sus primeras obras vemos plasmada esta pronta aspiración suya como en la Magdalena penitente, una joven y llorosa aldeana enmarcada en una sencilla habitación de la que apenas tenemos alguna referencia. Gusta de los motivos humildes e inclusos de la fealdad y la pobreza.


Su carácter irascible le llevó a la cárcel en repetidas ocasiones. Desdeñaba los modelos clásicos y alegaba que la naturaleza le proporcionaba infinitos maestros. Sus obras religiosas, con aspecto de escenas populares, resultaron escandalosas e irreverentes.

Caravaggio va a evitar la profundidad en su pintura y la perspectiva y se concentra en sus figuras que bañadas por una potente luz, resaltan con una poderosa energía sobre el fondo oscuro. A esta forma de captar las luces con fuertes contrastes de luces y sombras (claroscuros) se la conoce como tenebrismo y Caravaggio fue su creador y gran maestro.

A menudo la sensación de profundidad viene dada por violentos escorzos en las figuras, situadas a su vez en composiciones forzadas con puntos de vista hasta ahora inusuales por su audacia. Sus contornos se marcan nítidamente diferenciando a Caravaggio de otros pintores barrocos como Rembrandt o Velázquez.
Sus primeras obras presentan una paleta más clara y un estilo aún no definido como en La Buenaventura o en Baco. Aunque en estas obras no encontramos aún el tenebrismo hay una marcada tendencia al claroscuro. 

En el Baco enfermo, posible autorretrato, o en Joven con cesta de frutas podemos observar ya la afición de Caravaggio a introducir objetos cotidianos con un realismo casi fotográfico en un claro precedente de un nuevo género pictórico: el bodegón. Pinturas como La cena de Emaús o El amor victorioso demuestran su gusto por la pintura de género.


El descanso en la Huida a Egipto es una escena en un paisaje donde, a pesar de que el realismo no sea tan acusado, incluso lleno de colorido y lirismo, vemos claramente la distancia con el Renacimiento que ha quedado atrás.


Su viaje a Roma significó un cambio en su pintura: su luz se vuelve más oscura y se concentra en rostros y manos dejando amplias zonas del cuadro sumidas en plena oscuridad. Llegamos al pleno tenebrismo.
En esta etapa pinta La vocación de San Mateo en la iglesia de San Luis de los Franceses, tema religioso aunque el espectador no lo capte a primera vista: parece una imple escena de taberna con personajes vestidos a la moda de entonces alrededor de una mesa de juego. Tratada como una escena costumbrista, pretende acercar la religión al creyente. La composición resulta bastante estática, marcando una línea horizontal.
 El grupo principal se halla fuertemente iluminado y unido al grupo de la derecha por el brazo de Cristo y el fondo totalmente neutro. Pero lo importante en la escena es el papel que juega en ella la luz: la escena está iluminada por dos focos exteriores, que procedentes de la derecha, no distribuyen la luz de forma uniforme si no en manchas, acusándose mucho los contrastes con la sombra. Esta forma de tratar la luz tiene un doble objetivo: por un lado consigue realzar las figuras, haciendo evidentes y expresivos sus gestos y los objetos, dejando oscurecido lo secundario de la escena; por otro lado ayuda a dramatizar el contenido del cuadro, con Cristo y Pedro llega un haz de luz en diagonal, elemento barroco, que a la vez es luz y gracia divina y que se proyecta especialmente sobre Mateo al que va a convertir. En la misma iglesia romana encontramos La inspiración de San Mateo y El martirio de San Mateo.

De características parecidas son los lienzos de la iglesia de Santa María del Poppolo: La crucifixión de San Pedro y la Conversión de San Pablo en el camino a Damasco. Aunque ambas se desarrollan al aire libre, tienen evidentes recursos tenebristas, cuidando mucho el detalle con afán de acercar al espectador al tema religioso. Coloca personajes en violentos escorzos y recoge detalles de naturalismo exacerbado.


Tanto en estas últimas obras como en El entierro de Cristo escoge para la composición un momento poco usual y difícil, en su afán de plasmar lo fugitivo, algo muy típico del Barroco. En El entierro de Cristo los personajes muestran los sentimientos ante la muerte con diversas reacciones. Los colores cálidos, contrastando con el espacio en la oscuridad, resaltan monumentalmente las figuras especialmente la anatomía de Cristo, inspirado en Migue Ángel. El punto de vista bajo sitúa al espectador con el espacio de la fosa, rompiendo así las barreras entre el cuadro y la realidad, como había hecho también El Greco.

En su etapa romana pinta también La duda de Santo Tomás.

Para su obra La muerte de la Virgen (1605-1610) escoge como modelo a una mujer ahogada en el Tíber. Este hecho provocó un escándalo y supuso el rechazo de la obra, no por el comitente si no por los monjes a quien iba dirigida,  y también del autor, que huye  de Roma tras un asesinato Refleja con todo lujo de detalles a la mujer ahogada con el vientre hinchado y el rostro abotargado. Los demás personajes son apóstoles y María Magdalena que solloza junto al cuerpo de la Virgen. El claroscuro es brusco, iluminando las partes expresivas, la luz estructura la composición, entrando en diagonal y reforzando esa diagonal por la cortina roja.


En Nápoles, a donde huyó, su fama y sus obras dieron lugar a una escuela pictórica en la que destacó el español José Ribera. Aquí  pintó obras como La flagelación de Cristo o El martirio de San Andrés o Adolfo de Wignacourt. En ellos se intensifican los contrastes lumínicos y conjuga un realismo monumental con suavidad en los tonos para aumentar el dramatismo.
Su arte creó escuela no solo entre italianos si no europeos y españoles.

A la vez que el realismo de Caravaggio surge otra tendencia que recoge la tradición renacentista y que se ha denominado Eclecticismo clasicista. En Bolonia, ciudad culta y universitaria, con una burguesía que prefiere una belleza intelectualizada e idealizada, surge la Academia degli Incamminati o de los Encaminados (encaminados de alcanzar la perfección ) como centro de formación pictórica. Creada por los hermanos Agostino y Annibale Carracci, la academia se convierte en una importante centro cultural, artístico y científico.
Annibale Carracci (1560-1609)
En eclecticismo pictórico , que busca gracia, fuerza muscular, tiene en Miguel Ángel, Rafael o Tiziano  sus mejores ejemplos a seguir y en Annibale Carracci su principal representante.
Carracci trabajó en escenas religiosas pero es llamado a Roma por el cardenal Odoardo Farnese para decorar su palacio. En la gran galería del palacio Farnese desarrolla un programa iconográfico, que significa de un modo didáctico cómo la embriaguez engendra deseos impuros contrapuestos al amor divino. Como triunfo de éste, preside Baco, que produce en Ariadna un estado contemplativo y a sus lados aparecen el amor humano, activo y el voluptuoso o bestial.
El tema mitológico y su carga didáctica son el pretexto para realizar de forma sensual y lleno de alegría un canto a las excelencias de la voluptuosidad.

Sus últimas obras, especialmente La huida a Egipto y El entierro de Cristo en la Capilla Aldobrandini suponen el principio del paisaje barroco clasicista, que ordena de una forma racional los elementos de la realidad.
Seguidor de Carracci fue Gui

do Reni, que incorpora a su pintura unas luces con claroscuros influenciadas por Caravaggio : Hipomenes y Atalanta.

La corriente clasicista enlazó con el Neoclasicismo ya en el siglo XVIII.
Hay una tercera corriente que el el barroco triunfal y decorativo que crea una escenografía teatral en la arquitectura, creando efectos ilusionistas.
En frescos de paredes y cúpulas, en los que la luz natural y los colores claros aumentan la luminosidad, los cielos abiertos, las nubes y las arquitecturas fingidas con múltiples escorzos , representan la apoteosis celeste o terrenal.
Su representante es Pietro da Cortona (1596-1669) y su obra más significativa es la decoración del Palacio Barberini.


También destacan pintores como Gaulli que pinta los techos de la nave principal del Gesú y Andrea Pozzo , con la Iglesia con la cúpula de San Ignacio en Roma.
A finales de siglo aparece Lucca Giordano, que resume toda la experiencia de la pintura decorativa de techos del siglo XVII y pinta espectaculares composiciones para iglesias y palacios. Sus viajes por Europa le llevaron a pintar los frescos de la iglesia de San Lorenzo del Escorial, la sacristía de la Catedral de Toledo y del casón del Buen Retiro.

Iglesia del escorial

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